Hace ocho años pasé mis peores vacaciones y encima era el primer viaje que compartía con Flor y con mis suegros.
No voy nombrar la isla, ni el hotel en el que nos hospedamos, porque no quiero crucificarlos por una mala experiencia personal.
Para empezar, la primera equivocación fue elegir un hotel que quedaba a cuarenta minutos del centro de la isla. Si usted vive en una ciudad, sería entendible la elección. Seguramente preferiría un lugar bien apartado del ruido para poder vivir una experiencia distinta a la que está acostumbrado. Pero para nosotros, que vivimos en un pueblo de siete mil habitantes, fue como mudarse al patio de casa.
Cuando llegamos al hotel, luego de un viaje agotador, la primera impresión fue muy buena. El lugar se parecía mucho a las fotos publicadas en internet. Eran casi las once de la noche y estábamos cansados y hambrientos.
Mientras esperábamos que nos atendieran en la recepción, nos llamó la atención la cantidad de familias que, al igual que nosotros, esperaba para recibir la llave de la habitación. Al parecer habían tenido problemas con los empleados del hotel y no estaban preparadas las piezas.
Luego de casi dos horas de espera nos tocó el turno. Nos dieron las llaves de las habitaciones y una recomendación importante:
— El aire acondicionado está encendido. Les recomiendo que lo dejen así durante toda la estadía. Si lo apagan, las paredes comienzan a transpirar y se les va llenar de agua la habitación — nos dijo la chica de la recepción.
— ¿Será para tanto? — Le pregunté yo, sonriendo.
— Sí. — Me respondió ella, de mal humor. — El restaurante está cerrando. Si quieren comer, dejen las cosas en la habitación y apúrense.
Subimos a la habitación, tiramos las valijas y corrimos al comedor.
No quedaba mucha comida en el restaurante. Sólo un par de opciones de plato principal y algunas frutas de aspecto sospechoso.
Comimos hasta saciar el apetito y cuando volvimos a la habitación una oleada antártica nos heló la sangre. La sensación térmica de la pieza era como si estuviésemos caminando en calzoncillos por le Glaciar Perito Moreno.
Quise subir la temperatura del aire acondicionado pero no nos habían dado el control remoto.
Llamamos a recepción. No atendieron. Llamamos a recepción. No atendieron. Llamamos a recepción. No atendieron.
Bajamos a recepción. Nadie. Golpeamos las palmas. Nadie. Flor pegó un grito y apareció una chica desde el fondo, con la almohada dibujada en el rostro.
— ¿Qué pasa? — Nos preguntó. No era la misma chica que nos había atendido antes, pero por el carácter mal humorado imaginé que serían familiares.
— No nos dieron el control remoto del aire acondicionado. Hace mucho frío en la pieza y queremos subir un poco la temperatura. —Dijo Flor.
— Eso se regula desde acá. ¿A qué temperatura la quieren?
— A una que podamos dormir sin tener que ponernos un poncho. — Le dije yo, sonriendo como para aflojar un poco el momento incómodo. La chica, sin disimular su cara de culo, nos dijo que lo iba a calibrar para que no haga tanto frío en la pieza…
Hay algo que tengo que aprender. No siempre es recomendable hacer un chiste con la intención de poner buena onda a una situación tensa.Tengo que entender que hay personas que prefieren una contestación seria, formal.
Volvimos a nuestra habitación con la certeza de que la chica de la recepción había puesto el aire acondicionado en una temperatura razonable, pero ni bien entramos todavía se sentía el frío polar.
— Está igual que antes. Seguro que no le subió la temperatura — se quejó Flor.
— Hay que esperar un ratito — la tranquilicé. Flor no soporta el frío. A veces duerme con pulóver en pleno verano.
El día siguiente amaneció con un sol rabioso, así que tomamos un desayuno rápido y bajamos a la playa. Disfruté del mar durante una hora ininterrumpida, como si fuese la última vez que lo haría. Claro, en ese momento yo no podía saber que, en verdad, sería mi único chapuzón del viaje.
Al mediodía almorzamos en el mismo restaurante en el que habíamos cenado la noche anterior y que contaba con la misma escasez de opciones gastronómicas. Me resultó cuanto menos curioso el hecho de que las frutas siguieran teniendo el mismo aspecto putrefacto.
En el sector del hotel donde estaba la pileta, podías tomar licuados en una barra muy pintoresca que había a un costado de las duchas. Eso sí, pedir un licuado en esa barra significaba tener la valentía de soportar las picaduras de las abejas. Leyendo comentarios de gente que se había hospedado en el hotel, algunos alertaban sobre la invasión de abejas. Con Flor pensábamos que era una exageración, pero esa primera tarde comprobamos que los comentarios de los viajeros eran ciertos. Me picaron cuando fui a pedirme un licuado de banana, y me volvieron a picar más tarde cuando fui a pedir un licuado para Flor, que ni loca pensaba arrimarse a la barra. (Leer la Cotidiana “Florfobia”, en este mismo blog, para entender por qué Flor no se arrimaría jamás a una barra con esos visitantes.)
Esa noche, después de la cena, comenzaría mi tortura…
Nos acostamos temprano. Flor se durmió apenas apoyó su cabeza en la almohada. Yo comencé a sentir unos ruidos extraños en mi estómago. Después un fuerte dolor abdominal. Y unos minutos más tarde tuve que correr hasta el inodoro. Desde ese momento, mi viaje se transformó en una mierda interminable. Literalmente.
Luego de dos visitas más al inodoro en menos de media hora, comencé a tiritar de frío. El aire acondicionado estaba al mango. Tenía razón Flor, la chica seguramente no le había modificado la temperatura. Pero mi frío era provocado por una fiebre de treinta y nueve grados.
Más allá del dolor corporal, creo que en ese momento lo que más me dolía era darme cuenta de que mis vacaciones se echarían a perder.
Cuando Flor abrió los ojos a la mañana, me encontró en un estado calamitoso.
Fuimos hasta la sección de emergencia que tenía el hotel. Tocamos la puerta del consultorio pero no nos atendió nadie. Esperamos una hora hasta que llegó el médico. Era un muchacho de unos treinta años. Entró al consultorio pidiéndome que esperara afuera unos minutos más.
Cuando me hizo pasar, caminaba nervioso abriendo y cerrando cajones con violencia.
— ¡Ustedes van a ser testigos! Acá no hay nada. Se roban todo. ¡Así no se puede trabajar!
— Yo vengo porque no paro de ir al baño. — Le dije, intentando que se concentrara en mi problema.
— ¡Encima me van a echar la culpa a mí!
— Disculpame, estoy mal de verdad. ¿Me podes revisar? — Le supliqué.
— ¿Qué te pasa?
— Voy muy mal de cuerpo y anoche tuve mucha fiebre.
— ¿Ahora tenés fiebre?
— Creo que no.
— ¿Cómo es la caca?
— Verdosa…
— Giardia Lamblia.
— ¿Qué?
— Son parasito, típico de esta isla.
— ¿Y qué tengo que hacer?
— Tenés que tomar un medicamento…Pero acá no tengo, porque se roban todo. Ya mismo renuncio.
Como el médico no me generó mucha confianza, ni bien salimos del consultorio llamé a la asistencia al viajero. Tenía que esperar un par de horas para que viniera un médico al hotel.
Cuando llegó la mujer que debía revisarme, me generó más desconfianza que el muchacho neurótico. Entró a mi habitación comiendo una medialuna y con resto de protector solar en la cara. Me dejó unas pastillas para los parásitos. Debía tomarlas tres días seguidos y no consumir nada de alcohol. Además de realizar una dieta estricta de comida sana, me aconsejó que no ingiriera ningún líquido que no fuera de botella. Al parecer los Giardia Lamblia provenían del agua de la isla, con la que preparaban los jugos y licuados. Lamenté no haber tenido antes esa información.
Cuando se cumplieron los tres días de pastillas, la cosa no mejoró mucho en mi estómago, a pesar de que seguí una dieta estricta.
Tampoco mejoró la atención del hotel. Yo pasaba la mayor parte de los días encerrado en la habitación. Un día dejó de andar la heladera. Me la cambiaron. Mas tarde dejó de andar el control remoto del televisor. Me lo cambiaron. Después se rompió el televisor. Jodete. El aire acondicionado seguía largando frío polar. En reiteradas ocasiones Flor bajó hasta la recepción para pedir que por favor le subieran la temperatura pero no nos hacían caso. Una tarde, me levanté de la cama y bajé a recepción hecho una furia. Mandé al carajo a media isla y ofrecí trompadas si no apagaban el aire acondicionado. Lo apagaron.
Esa misma noche, cuando volvimos a la habitación, luego de cenar, nos recibió el río Paraná. Era increíble la cantidad de agua que había en la pieza. Pensé que habíamos dejado abierta una canilla del baño, pero todo estaba en orden. Entonces me acordé de que habían apagado el aire acondicionado y recordé la recomendación de la chica de la recepción cuando llegamos al hotel. Vinieron a secarnos la pieza y volvieron a prender el aire acondicionado. Pedí frazadas para poder dormir calentito.
Al día siguiente teníamos una excursión a una isla cercana. Duraba casi todo el día y yo no estaba en condiciones de ir a ningún lado. Sin embargo, decidí probar suerte. Sabía que era una mala decisión. Pero me sentía mal sabiendo que les estaba arruinando las vacaciones a mis suegros y a Flor. En el trayecto hasta el muelle para tomar el barco que nos llevaría a la isla, sentí ganas de ir al baño. Aguanté hasta donde pude. En un momento decidí bajarme de la combi y tomarme un taxi para ir al centro de la isla. Quería ver un médico de verdad. Pregunté en tres hospitales y en ninguno había turnos disponibles, pero les dejé mi estado de ánimo en cada baño.
Finalmente encontramos una clínica donde atendía una gastroenteróloga.
La doctora me revisó y dio su veredicto coincidiendo con el médico neurótico del hotel y la bronceada de la asistencia al viajero: Parásitos. Seguramente, Giardia Lamblia.
Me recetó las mismas pastillas que había tomado, pero me aclaró que el tratamiento correcto era diez días de pastillas y que debía realizarme un coprocultivo (análisis de materia fecal).
Como faltaban dos días para volver a Argentina, opté por retomar las pastillas y hacerme los estudios cuando regresara al país.
Por suerte en el avión de regreso no tuve contratiempos estomacales.
Cuando llegué a la Argentina comencé con los preparativos para el coprocultivo. El resultado arrojó lo previsible: Parásitos. Giardia Lamblia.
Mi médico me recetó otras pastillas para desparasitarme y también las tuvo que tomar Flor porque podía ser contagioso.
Después del tratamiento anti parásitos, mi estómago volvió a la normalidad.
Como dije al principio, no quiero nombrar la isla ni el hotel en el que nos hospedamos porque no quiero crucificarlos por una mala experiencia personal.
Pero eso sí… Cada vez que entran a mi mail ofertas de vuelos para viajar a la Isla Margarita o promos con descuentos del hotel Portofino, los mando a correo no deseado.

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