Mimí viene caminando desde la cocina con el mate y una bandeja con facturas que coloca en la mesa del comedor. Mira un retrato de su marido y le contesta como si le hubiese hablado.

Ya sé, ya sé… Lo agarro… Pero qué queres… Me olvido… No lo hago a propósito… — Agarra el bastón y vuelve a caminar hacia la cocina. — Para retos ya tengo bastante con tu hija… Cada día más parecida a vos esa chica… Encima que no viene nunca… Lo único que hace es quejarse… Cuando me tocará a mí, pregunto yo… ¿Te acordas cuando íbamos a casa de mi mamá? Dios mío cómo se quejaba esa mujer… — Vuelve al comedor con un plato de bizcochitos de grasa. — Debería ser mi momento de queja. Pero no, parece que yo solo estoy para escuchar sus problemas y sus retos…

Suena el timbre de la casa. Mimí se dirige a la puerta mientras le sigue hablando al retrato de su difunto marido.

— Sí, ya sé… Voy a preguntar quién es. Me lo dice siempre tu hija. Preguntá quién es mamá, no le abras a cualquiera. No hace falta que vos también me lo repitas… Como cambiaron los tiempos, hace unos años no hacía falta tener estos cuidados en el pueblo. Una podía estar en su casa sin cerrar la puerta con llave…El timbre sigue sonando sin parar ¡Va, va…! ¡Porca madonna! ¿Quién es?

— ¡Las chicas, Mimí! ¡Abrinos!

— Ahí les abro…

Mimí está por abrir pero de repente le surge una duda. ¿Para qué venían las chicas? No lo recuerda. Qué horrible lo que hace los años con la memoria, piensa.

— Mimí, querida, ¡abrí la puerta por favor, nos estamos congelando!

Tiene que ser por algo mío… Porque si no, no nos hubiésemos reunido en mí casa. — Le dice Mimí al retrato.

¡¿Con quién hablás?! — Le preguntan desde afuera.

Se escucha un silbido. Mimí desconcertada trata de descifrar de dónde viene el sonido.

¡¿Chicas, alguna de ustedes está silbando?!

¡¿Qué decís Mimí?! ¡Te volviste loca! ¡Abrí o nos vamos!

¡La pava! — Dice Mimí y decide abrir la puerta para que entren las chicas mientras apura el tranco hacia la cocina — ¡Entren, ya vuelvo! Dios mío cómo estoy de la memoria… Me olvidé que había puesto a calentar el agua…

¡Tenes idea del frío que hace afuera…! — Protesta Berta, entrando a la casa.

Si hasta dudábamos en venir, no te queríamos fallar pero con este frío a una no le da ganas de moverse de su casa. — Dice Delia.

¿Viene alguien más? — Berta se asombra por la cantidad de comida que hay en la mesa.

Ya está, perdón… Les digo la verdad, chicas… No me acuerdo para qué las había invitado… ¿Ustedes se acuerdan?

No sé… A nosotras no nos quisiste adelantar nada.

¡Eso te pasa por hacerte la misteriosa! Te lo dije Delia, era mejor quedarnos en mi casa. — Berta, sin pedir permiso, comienza a devorar los bizcochitos.

¡No me digas que nos hiciste caminar dos cuadras y morirnos de frío para nada!

Bueno, bueno, menos quejas eh… Porque tengo un método para recordar las cosas cuando me olvido. — Mimí sonríe antes de agregar,— mi yerno me lo recomendó. Ya saben lo inteligente que es… — Después de la estocada va hasta la cocina para buscar el termo. Berta casi se atraganta con un bizcocho. Escuchar sobre yernos le produce un efecto nauseabundo instantáneo. Había tenido muy malas experiencias con los maridos de sus hijas. Mimí lo sabe, por eso exagera en elogios para su yerno. Es su estrategia sutil y predilecta para devolverle el golpe a su amiga.

¡Comé despacio Berta! — Delia le da unas palmadas en la espalda a Berta. — ¿De qué métodos hablás, Mimí?

¡Ya voy! — Grita Mimí, desde la cocina.

Si se pone a hablar de su yerno yo me voy… — Se queja Berta.

Delia enciende el televisor. Pone en Crónica. Aunque su mirada está puesta en la comida. Siente un deseo irrefrenable de agarrar una factura, pero se contiene.

— ¿No comes? — Le pregunta, Berta.

No puedo… Voy a tener que hacer dieta estricta.

A mí el médico me dijo que está sorprendido. Que tengo un físico privilegiado.

Que suerte tenes, Berta. A mí me dieron tan mal los últimos estudios…

A mí también. Por eso dice que tengo un físico privilegiado. No entiende cómo sigo viva.

Delia y Berta ríen divertidas. Mimí regresa al comedor con el agua lista para el mate. Le saca de las manos el control remoto a Delia y apaga el televisor.

¿Qué haces, Mimí? Estaba mirando.

No hay nada para ver, Delia. Además tiene que estar apagado.

¿Por qué?

No sé. Pero tiene que estar apagado.

Mimí se sienta en una punta de la mesa y comienza a poner agua en el mate.

Me sacás el control de las manos, apagás el televisor y no sabes por qué. ¡Estás loca Mimí!

Tiene que estar apagado, porque estaba apagado, ¿entienden?

Ni vos te entendes, querida…

Es el método que me enseñó mi yerno.

¡Si vas a hablar de tu yerno, me voy! ¡No quiero que hablemos de yernos!

No estoy hablando de mi yerno, estoy hablando del método para recordar cosas que aprendí de él.

Bueno, explicate de una vez…

Cuando ustedes llegaron yo había apagado el televisor. Por algo lo apagué y seguramente tiene que ver con el motivo de la reunión.

No entiendo nada, ¿vos entendes?

Más o menos… — Berta vuelve a la carga desaforada con los bizcochitos.

Para recordar algo tengo que asociar las cosas. Eso es lo que me sugirió mi yerno. Parece que su madre tenía problemas de alzhéimer y con este método a veces lograba recordar algunas cosas. — Berta tose y de su boca sale disparado un pedazo de bizcochito.Pasale el mate que se va a atragantar…

Mimí le da el mate a Delia, quien con algo de asco lo ubica frente a Berta.

Bueno, apagaste el televisor antes de que lleguemos, eso ya lo sabés, ahora sólo te falta recordar para qué lo hiciste…

No es tan fácil, Delia.

Entonces no sirve un carajo el método. Tu yerno es un infeliz. Como el mío. — Dice Berta, todavía un poco atorada.

Nada que ver, el método sirve, pero no es tan sencillo. Y yerno como el que tengo yo, seguramente muchas me lo envidiarían.

No se peleen. Me aburren cuando se ponen así.

Seguro que apagué el televisor porque necesitamos que no nos desconcentre para lo que tenemos que hacer.

¿Y qué tenemos que hacer?

No sé, Delia, tenemos que seguir asociando cosas.

Háganlo ustedes, yo no tengo ganas de pensar.

¿Cómo fue que las invité? ¿Qué les dije?

Te hiciste la misteriosa como siempre. — Berta nunca pierde el tono ponzoñoso cuando le habla a Mimí.

¿Pero por qué están vestidas así? — Mimi observa lo que llevaban puestas sus amigas. Hay una clara diferencia de elegancia a favor de las visitantes.

¿Así cómo? — Delia se mira su atuendo.

Así…Tan arregladas.

Yo siempre me visto bien cuando salgo de casa. En el pueblo tengo una reputación que cuidar. — Dice Berta, arrugando la nariz.

Ahora que me acuerdo dijiste que iba a haber un acontecimiento importante en tu casa. Por eso nos vestimos bien.

Ahí está ¿ven? Ahora sabemos que hay un acontecimiento. Tenemos que esperar que las cosas se den espontáneamente.

¿Puedo encender el televisor mientras esperamos? — Delia no espera la respuesta. Agarra el control remoto.

No, Delia, no tengo ganas de ver crónica. Me deprime.

 Bueno, pongo en otro canal.

¿No podes estar un rato sin el televisor?

Me entretiene, ¿qué querés que haga? Además creo que hoy juega Boca por la Copa Libertadores.

No, no, fútbol no. — Se planta Berta. — Lo tuve que aguantar toda la vida al Adolfo con la pelotita en el televisor.

Ay, ojalá a mi marido le hubiese gustado el fútbol, así por lo menos se quedaba en casa. Lo único que le gustaba eran las peñas. Todos los días una reunión distinta.

A tu marido lo que le gustaba era el alcohol.

Delia detiene el zapping cuando llega al canal Crónica.

Miren… Están pasando otra vez las imágenes del choque en la ruta…

Las tres observan la pantalla. La imágenes muestran un accidente. De repente irrumpe una música de trompetas y un graf que ocupa toda la pantalla:  “Choque de neuronas… Chofer de colectivo piropeaba por Facebook mientras conducía y chocó contra un muro”.

— Dijiste que no ibas a poner en crónica.

¡Es que estoy indignada, Mimí! ¿Ustedes no escucharon nada sobre el accidente?

Me deprimen esas noticias, no sé para qué las ves.

¡Sacá eso Delia, no me gusta comer y ver toda esa sangre! — Berta ahora se apodera de las facturas.

Es que es indignante, ¿saben lo que estaba haciendo el chofer mientras manejaba?  Escribía tonterías en internet desde su celular. ¡Qué inconsciencia!

¿Y cómo saben que estaba haciendo eso el chofer?

Porque compararon la hora del accidente con sus comentarios en internet, estaba escribiendo en el muro de Facebook. Todos andan como locos con eso del Facebook.

¡Facebook! ¡Eso es, ahora me acuerdo! — Mimí se levanta enérgicamente de la silla y va hasta su habitación, tan entusiasmada que olvida caminar con el bastón.

¿A dónde vas, Mimí?

¡A mi habitación! Ya vengo…

¡El bastón! ¿Qué dice ésta?

No sé, ésta termina como su madre. En un loquero… — Dice Berta y no puede contener un eructo.

Mimí regresa al comedor sosteniendo entre sus manos una computadora portátil. Sin dejar de sonreír, y visiblemente ansiosa, coloca la computadora en la mesa y la prende. Berta y Delia se miran desconcertadas.

¿Qué es lo que pensás hacer?

Si te vas a poner a jugar con ese aparato nosotras nos vamos.

Mimí decide contarles el motivo del encuentro a sus amigas antes de que la memoria le juegue otra mala pasada.

¿Se acuerdan de Oscar?

¿Oscar? No. ¿Quién es?

¿El novio de América?

Oscar… — Mimí, con un gesto, les pide silencio a las chicas. Va hasta el retrato de su marido y lo guarda en un cajón.  Ahora sí… Oscar… Ese muchacho que conocí cuando estábamos de vacaciones en Mina clavero con mis padres.

Uff, ¿de qué año hablás?

—  Hace un siglo. Vos todavía no habías conocido a tu marido, ni yo al que sería el mío…

Entonces, nosotras no éramos amigas todavía…— Dice Delia.

¿Cómo que no? Si me acuerdo que cuando te lo mostré en un baile me dijiste que era guapísimo.

Esa era yo, Mimí… — Aclara Berta.

¿A vos te lo mostré?

Sí.

Ah, bueno. Entonces vos lo conociste.

Sí, me acuerdo. Oscar, el novio de América. — Insiste Berta.

Oscar Vicente Piedra Buena, así es el nombre completo. Me acuerdo como si fuera ayer. Yo tenía quince años. Estábamos en un balneario en Mina Clavero con mis padres y mis dos hermanos. Jugábamos a las carreras. El que perdía le tocaba lavar los platos a la noche. Yo había propuesto esa prenda. Porque mis hermanos eran chicos y yo les ganaba fácilmente. ¿Les conté que yo era maratonista de chica?

Sí, Mimí, te conozco desde los cinco años, mirá si no voy a saber. — Dice Berta, fastidiosa.

 Bueno, vos sabés, pero a lo mejor Delia no.

Yo también lo sé. Me lo contaste un montón de veces. Aunque nunca mencionaste nada de ese Oscar…

Era muy buena corriendo. Si hubiese tenido un poco más de apoyo de mis padres seguro que hubiera llegado lejos. Siempre le reprocho eso a mi hija. Nunca me agradece por nada. Yo la apoyé en todo y ella no es capaz de venir a visitarme, y cuando viene se nota que lo hace por compromiso. Lo que hubiera dado por tener una madre como yo…

Mimí queda en silencio. Su mirada suspendida en un punto perdido. Abstraída en sus pensamientos.

 ¿Y?

¿Y qué?

Lo que estabas contando, ¿cómo sigue?

Berta está a punto de revolearle con el mate a Mimí.

Ah sí… Entonces, una tarde mientras corríamos a mí se me dobla un tobillo y caigo al suelo. Mis hermanos siguen corriendo. Contentos porque por fin me van a ganar y no van a tener que lavar los platos. Yo me quedo en el suelo. Me duele mucho el pie. Y de repente aparece un moreno de ojos verdes que me pregunta: ¿Estás bien preciosa?

Un negro querrás decir. — Corrige Berta.

No, Oscar no era negro.

Era negro, Mimí.

Te digo que no. Era morenito sí. Pero no era negro.

No seas porfiada. Era más negro que un africano.

Te estarás confundiendo con otro.

No importa, negro o moreno da lo mismo. ¿Qué pasó? — Pregunta Delia. No soporta cuando sus amigas se pelean y además siente curiosidad por la historia.

Oscar me pregunta si estoy bien. Le digo que me duele mucho el tobillo. Aunque cuando lo vi ya me había olvidado del dolor. No hay dudas, el mejor remedio para el dolor es un morochazo de ojos verdes. — Mimí larga una carcajada y Delia se contagia.

Negro. Oscar era negro…

Mimí finge no escuchar el comentario de Berta y sigue con su relato.

Esa noche lo invitamos a comer a nuestro departamento en agradecimiento por su gentileza. Porque me llevó en andas hasta donde estaban mis padres. Fue una de las cosas más románticas que me pasó en la vida. Con él tuve mi primera vez. No esa noche, yo no era tan fácil. Fue antes de volvernos. La última noche en Mina clavero. Después supo venir varias veces al pueblo. A los bailes en la estancia de los Bernardi, ¿te acordas Berta?

Me acuerdo de la noche que anduvo a los besos con Hermelinda.

¿Qué decís? Mi Oscar nunca estuvo con esa chiruza.

Con Hermelinda y con la hermana. No dejaba títere con cabeza tu negrito. Por algo le decían el novio de América.

Te estás confundiendo de persona. No sabés lo que decís. ¡Y no era negro!

¿A qué vienen todos estos recuerdos?

Mimí observa la pantalla de la computadora que ya está disponible para iniciar. Con el mouse ubica la flecha en el logo del Facebook, hace doble clic y la página se abre. Mientras habla va a buscar una hoja en un cajón del modular.

Hace dos semanas mi nieta me hizo una cuenta en Facebook. Pobre, la hice renegar un rato. Porque no entiendo muy bien, y además ando media olvidadiza. Me lo dejó todo anotado. Por si no me acuerdo de cómo entrar y esas cosas…

Yo no entiendo nada de computadoras y no tengo ganas de aprender.

Yo tampoco, Delia. Pero mi nieta me insistió tanto que al final acepté. Aunque sea para pasar un rato más con ella. Porque si espero que su madre me venga a visitar…

Bueno, ¿y qué pasó? —  Pregunta rápido Berta. Temiendo que Mimí se vaya por las ramas y vuelva a perder el hilo de la conversación.

El lunes recibo una invitación de amistad de Oscar…

¿Amistad? Después de las noches que le habrás hecho pasar, ¿ahora sólo quiere amistad? Los hombres son todos iguales.

No, Delia, no entendés. En Facebook para que alguien te acepte primero tenés que pedirle una solicitud de amistad…

¡No lo aceptes! Si te pide la amistad después de los momentos que pasaron juntos es porque ya no le importás.

¿Podes explicarle vos? — Le pide Mimí a Berta.

El negro quiere charlar con ella por Facebook. — Responde Berta, de mala gana.

¡No es negro!

¡No empiecen otra vez!

Ahora vamos a ver quién tiene razón. Buscá una foto… — Desafía Berta.

¿Ahí hay una foto de Oscar? — Delia busca sus lentes para poder mirar la pantalla.

Sí, un montón. Aunque la mayoría son de cuando era joven. Le pedí que ponga una de ahora. Quiero ver si mantiene ese cuerpo impactante que tenía cuando nos revolcábamos.

Delia y Mimí ríen divertidas. Berta espera impaciente por las fotos que la proclamen vencedora del color de piel del bendito Oscar. Mimí abre su cuenta de Facebook. Delia se arrima a la pantalla, está sólo a unos centímetros.

¿De dónde es esa foto?

De Mar del Plata. Estoy con mi nieta. ¿No es hermosa?

Te queda mejor el pelo corto, Mimí. ¿De cuándo es?

Creo que… de cinco años atrás.

Deberías cortártelo otra vez así.Te rejuvenece un par de años.

Gracias Delia, lo voy a tener en cuenta.

Mimí duda. No sabe dónde tiene que ir para encontrar a Oscar en Facebook. Delia sigue mirando con cariño la foto del perfil de Mimí. Berta se da cuenta del bloqueo mental de su amiga.

¿Qué pasa?

No me acuerdo cómo hacer para encontrar el muro de Oscar.

Debe ser ahí… — Berta señala el ícono de la bandeja de entrada.

No, eso es para otra cosa.

Uff, me fastidia la tecnología.

¿Ya hablaste con Oscar? — Pregunta Delia.

Sí. El lunes acepté su solicitud de amistad y el martes estuvimos hablando un rato…

Chateando Mimí, se dice chateando…

Eso, chateando. Quedamos que seguíamos chateando hoy a la tardecita. Por eso las invité. Necesito que me ayuden. Oscar me hizo una proposición.

¿Cuántos años tiene Oscar? — Berta se apodera de la computadora.

No sé, creo que tenía cinco años más que yo…

Delia quiere sacar la cuenta, pero no tiene claro cuántos años tiene Mimí.

Uff, debe tener como noventa años… — Dice Berta, con maldad. Sabe que está exagerando pero le encanta fastidiar a Mimí.

¿Qué decís? Yo tengo setenta y siete. Así que apenas pasa los ochenta, a lo sumo. Dame, déjame a mí. — Mimí vuelve a adueñarse de la computadora. Lee en la hoja que trajo del cajón. A ver… Acá está. Tengo que ir arriba, al centro y escribir el nombre del contacto que quiero encontrar. — Escribe. — Oscar Vicente Piedra Buena… — Pulsa enter. La pantalla muestra el contacto. La foto de perfil no deja dudas.

¡¿Qué te dije?! ¡Es más negro que Obama! — Dice Berta, contenta porque tiene razón.

No es negro. Será por la foto que es muy vieja. — Dice Mimí, aunque se nota que ni ella cree en su excusa.

¡Qué porfiada que sos, por dios!

Tenías razón con lo de la foto, Mimí. Es viejísima. Pedile que ponga una más actual.

Es lo que voy a hacer. Pero antes tengo que darle una respuesta. Le prometí que esta tarde me decidía…

¿Qué tenés que decidir?

Mimí hace una pausa. Intenta generar más expectativas en sus amigas.

Quiere venir al pueblo… A vivir conmigo…

Berta y Delia quedan con boquiabiertas. Mimí sonríe contenta.

¿No es romántico? Es el primer hombre al que le entregué mi corazón, y el último con quien voy a estar cuando mi corazón se detenga.

Le entregaste otra cosa, no el corazón precisamente… — Alcanza a decir Berta, a pesar del asombro.

Le voy a decir que sí.

¡Estás loca! ¿Hace cuánto que no lo ves?

Mucho tiempo. Pero eso qué importa, Delia. Yo lo conozco. Es amoroso. No creo que haya cambiado. Y quiere pasar sus últimos años conmigo. Me siento halagada.

Le tendrías que preguntar a tu familia para saber lo que piensan.

¿Por qué? ¿Acaso ellos me preguntan sobre lo que hacen? No. Voy a decidir yo sola sobre mi vida. Y está decidido. Ni bien se conecte le digo que acepto su propuesta.

¿Y cómo sabés que es Oscar el que chateó con vos?

Porque es él. ¿No ves la foto? Vos lo conocés.

Eso no quiere decir que sea él. No le viste la cara. Puede ser cualquier loco que se quiere aprovechar de vos.

¿Quién se va a querer aprovechar de mí, Berta?

¡Ay, no me gusta nada esto, Mimí! El otro día en el noticiero de crónica pasaron algo parecido. Un tipo se hizo pasar por un familiar y secuestró a una mujer.— Dice Delia, de repente muy asustada.

Dejá de mirar noticieros, no entendés que te lavan el cerebro. No podes creer cada cosa que pasan por la televisión.

No hablés, te lo pido por favor. Llamala a tu hija, o a tu nieta. A lo mejor ellas se dan cuenta si es un secuestrador encubierto.

Esta mujer delira…

Exagera, pero puede tener razón. Podría ser algún familiar de Oscar que se hace pasar por él para joder un rato.

¿Y cómo sabe todas las cosas que pasaron entre nosotros dos?

No sé. A lo mejor Oscar le comentó a su nieto sobre vos…

No tiene ningún sentido lo que decís… — Mimí se da cuenta de que Delia está discando en el teléfono fijo. ¿Y vos qué haces?

Llamo a tu hija. Tiene que saber lo que estás por hacer…

 ¡Dejá eso! ¡Ni se te ocurra!..

Mimí se levanta y forcejea con Delia. Consigue sacarle el tubo del teléfono de las manos, pero una voz se escucha del otro lado de la línea.

¡Hola! ¡Hola, mamá! ¿Qué pasa? ¡¿Mamá me escuchás?!

Sí hija, te escucho. ¿Qué necesitas?

¡Vos me llamaste mamá!

Ah sí…

¡Contale lo de Oscar! — Le suplica Delia.

Shhhh… No me acuerdo para qué te llamé hija. Pero no importa, seguro que era por una tontería.

¿Seguro que estás bien? ¿Queres que vaya para allá?

No, no. Estoy con Delia y Berta. Quedate tranquila.

Bueno… Cualquier cosa llamame.

Sí, sí… — Mimí está por cortar pero le surge una pregunta. — ¿Te acordás de Oscar?

¿Quién?

No, no, nada. Un amigo…Que vos no conociste, hija. No importa. Chau. Saludos a Enrique.

¿A quién? ¿Qué decís, mamá?

A tu marido. Saludos a tu marido. Chau.

Mimí corta antes de seguir metiendo la pata.

¿Quién es Enrique?

Mi segundo novio. El encuentro con Oscar me hizo recordar cada uno de mis amores. El cerebro es una cosa increíble.

¡¿Qué vas a hacer?! — Pregunta Delia, que sigue asustada por la situación.

Primero voy a ver si Oscar se conectó…Mimí mira en la hoja de las anotaciones del Facebook para saber cómo darse cuenta quién está conectado. Lee en voz alta. Si el contacto tiene un punto en verde, significa que está en linea. — Se fija en la pantalla. Encuentra el nombre de Oscar. No hay punto verde. —  Qué raro… Me dijo a las ocho y todavía no se conectó. Siempre fue muy puntual.

Pero pasaron cinco minutos de las ocho nomás. No seas tan ansiosa.

Mejor que no esté. Así no corrés riesgos…

¿Cómo sabés que no tiene esposa?

Está solo. Me lo dijo el martes.

Si era tan mujeriego no creo que no tenga mujer… — Dice Berta, cizañera.

Se casó dos veces. Con la primera se separó. Y la segunda murió hace tres años.

Lo que faltaba. Separado y viudo. Un combo explosivo… — Dice Delia y Berta no puede contener la risa. Después de unos segundos Mimí tampoco puede contenerse. Las tres ríen divertidas.

No quiero ni imaginar la cara que va a poner tu hija cuando te vea de la mano de ese negro.

 

— Y encima nos vamos a casar… — Dice Mimí. Berta y Delia dejan de reírse. La miran sorprendidas. Mimí quiere mantener la seriedad en su rostro pero después de unos segundos no aguanta la farsa. — Es mentira, ¡se lo creyeron!

— No entiendo, ¿entonces era todo mentira lo de Oscar?

— No, Delia, era mentira lo del casamiento. Lo otro es verdad.

— Ah…

Berta se quedó mirando pensativa a la computadora. Se arrima más a la pantalla para leer mejor. Mimí primero mira a su amiga y después también observa la pantalla.

— ¿Qué pasa?

— Estoy leyendo los comentarios que le hacen a Oscar, no entiendo bien…

Delia y Mimí comienzan a leer los comentarios. Las tres se mantienen en silencio, leyendo para sus adentros.

— ¿Ustedes están entendiendo lo mismo que yo? — Pregunta Berta.

— Creo que sí… — Dice Mimí, con amargura.

— Tenías razón Berta, este negro es un mujeriego. Mirá la cantidad de mujeres que dicen que lo quieren y lo van a extrañar. A cuantas habrá abandonado…

Berta mira a Delia como para comérsela cruda. Mimí lee algunos comentarios más y, sin decir nada, se retira del comedor. Nunca le gustó llorar en público. — ¿A dónde vas, Mimí?  — Pregunta Delia.

— Shh, dejala tranquila, no la molestes.

— ¡No te pongas mal por este negro mujeriego!

— ¡Callate la boca! ¡Qué tonta que sos, dios mío!

— Vos también le dijiste que era un mujeriego, Berta, por qué me retas a mí.

— Ay querida, no entendes nada. Vamos, es mejor que la dejemos sola. Mañana la pasamos a visitar.

Berta se levanta de su silla. Delia sigue contrariada. Lee en voz alta un nuevo comentario que aparece en el muro de Oscar.

— “Siempre te recordaremos, tus compañeros de la peña”.

A Delia le cae la ficha. Avergonzada se levanta de la silla y sale detrás de Berta.