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Categoría: Cuentos

Tío Evaristo

Algo teníamos que pensar para que tío Evaristo se fuera a dormir lo más pronto posible esa navidad y como siempre era una misión difícil, casi imposible. Todas las navidades, sin excepción, el tío nos repetía hasta el amanecer sus anécdotas del servicio militar, que había hecho como infante de marina en la Armada y a continuación seguía con las guerras históricas, que eran su obsesión. Casi no teníamos posibilidad de retirarnos sin escucharlo. Él era así, quería a toda la familia reunida para que escucharan sus anécdotas, y si alguno de nosotros intentaba desertar, entonces el tío se ponía de mal humor y la cosa se ponía brava. Al menos eso es lo que repetía mamá cada vez que nos quejábamos con mi hermano. De chiquitos teníamos metido en nuestro cerebro a machaca martillo el peligro de desobedecer las órdenes de tío Evaristo. Naturalmente en esos años a nuestros padres les bastaba con mencionarnos de que el tío Evaristo era una persona mayor, por lo tanto había que respetarlo y no se hablaba más del asunto. Fuimos creciendo y…

Las chicas

Mimí viene caminando desde la cocina con el mate y una bandeja con facturas que coloca en la mesa del comedor. Mira un retrato de su marido y le contesta como si le hubiese hablado. — Ya sé, ya sé… Lo agarro… Pero qué queres… Me olvido… No lo hago a propósito… — Agarra el bastón y vuelve a caminar hacia la cocina. — Para retos ya tengo bastante con tu hija… Cada día más parecida a vos esa chica… Encima que no viene nunca… Lo único que hace es quejarse… Cuando me tocará a mí, pregunto yo… ¿Te acordas cuando íbamos a casa de mi mamá? Dios mío cómo se quejaba esa mujer… — Vuelve al comedor con un plato de bizcochitos de grasa. — Debería ser mi momento de queja. Pero no, parece que yo solo estoy para escuchar sus problemas y sus retos… Suena el timbre de la casa. Mimí se dirige a la puerta mientras le sigue hablando al retrato de su difunto marido. — Sí, ya sé… Voy a preguntar quién es. Me lo dice…

Perder la cabeza

Sonó mi celular. Era Emiliano, mi mejor amigo. Antes de atender pensé en una tontería para decirle. Con Emiliano tenemos una especie de competencia por teléfono. Cada vez que nos llamamos intentamos hacer reír al otro con alguna ocurrencia. Recordé que en dos días cumplía los años, así que le dije: — Justo te iba a llamar. Estoy por comprarte un regalo para tu cumpleaños pero no me acordaba de tu talle de corpiño, ¿te gustan con o sin bretel? Esperaba que Emiliano largara una carcajada o que respondiera con otra tontería, sin embargo se tomó unos segundos y me dijo: — Po… po… des… venir al bar, tenemos que… que… decirte a…algo… Me preocupé. No sólo por el hecho de que no me siguiera la corriente sino por su tartamudeo. Con Emiliano nos conocemos desde la infancia. Fui testigo de su casamiento, estuve a su lado en el momento de su angustiante divorcio, hace más de treinta años que somos amigos, por eso sé que cuando tartamudea es porque hay algo que lo perturba. — ¿Qué pasa, Emi? —…

La decadencia de un borracho

Supongamos que te habías quedado solo en el bar. Tus amigos consiguieron levantarse a alguna mina o se fueron a dormir y vos estás ahí, parado, con el codo apoyado sobre la barra, como siempre, tomando el tercer whisky y decidido a romper con tus tres meses de sequía sexual. Entonces, hacés un paneo visual por las mesas y la pista como para elegir tu próxima presa. Supongamos que estás optimista y decidís ir en busca de la rubia de cara bonita y baile sensual. Sabes que es demasiada belleza para vos pero todavía es temprano, así que está bien que intentes el milagro. Agarrás tu inseparable vaso y te dirigís directo hacia ella. Vas esquivando los manotazos de gente poseída por el baile y el alcohol que amenazan con derramar tu whisky y, a fuerza de empujones, llegás hasta donde está la rubia. Se te ocurre que para caerle simpático, lo mejor que podes hacer es bailar girando en círculos, como si ella fuese la tierra y vos el sol rotando, incorporando el paso del ñandú. No funciona. La…

Marquitos: ¿te podés callar?

Marquitos no paraba de hablar. Se los juro. Era una vitrola incansable. Desde el primer día que mi jefe lo puso a trabajar conmigo para que me acompañara con las comisiones, hasta aquella trágica mañana, la voz y las palabras de Marcos retumbaron por toda la combi. Sus comentarios desplegaban un amplio abanico de posibilidades. Hablaba de política, deportes, últimas noticias y chimentos. Hablaba sobre religión, música, cine, teatro, hablaba sobre sus cosas. Hablaba…Hablaba…Hablaba… Desde las siete de la mañana, hora en que lo pasaba a buscar, hasta las siete de la tarde cuando lo dejaba en su casa. Incluso cuando bajaba de la combi me hacía bajar la ventanilla para contarme alguna otra cosita que se había olvidado. Era un buen tipo, eso sí, sólo que le gustaba hablar mucho, no se daba cuenta, no lo hacía a propósito. Rubén, mi jefe, me lo había advertido. Me dijo que era muy conversador, pero que era un tipo confiable. Me lo dijo a modo de presentación y advertencia, porque sabe que yo me rechiflo, me saca de quicio la gente…

Un instante de felicidad

Tengo varios instantes de felicidad en mi vida. Pero si me tengo que quedar con uno, elijo el de un partido de fútbol que jugué en mi infancia. En el partido que menciono yo tenía ocho años y jugaba para Centenario, el club de mi pueblo del que soy hincha. En aquella época todavía jugábamos en cancha de siete y éramos un equipo imbatible. En el arco lo teníamos al Gato, tan seguro debajo de los tres palos como gambeteando rivales, de hecho con los años se transformó en un exquisito delantero. La línea de tres defensores, conformada por Walter, Federico y el Pali, eran prácticamente imposible de pasar en el mano a mano. Del medio campo se encargaba Santiago, que era capaz de perseguirte dos días seguidos hasta sacarte la pelota, y que cuando pateaba al arco era tan potente su disparo que hasta las madres que miraban el partido detrás del alambrado se daban vuelta asustadas. Completábamos el equipo Alejandro y yo. Alejandro era el talento. El jugador que hacía la diferencia y el único de nuestra categoría…

El músico del error

“Si uno comete un error no es más que eso, un error. Pero en ocasiones la suma de errores pueden crear un estilo.” Frase inmortalizada Por Adolfo Saldaña   Una noche, cuando Saldaña realizaba uno de sus tantos conciertos de música clásica junto a su orquesta descubrió, por primera vez, la efectividad del error. — Esa noche todo estaba como siempre, nosotros ejecutando la música y los espectadores durmiendo en sus butacas. Esta escena se repetía con absoluta rigurosidad y ya nos habíamos acostumbrado. Pero esa noche los ronquidos eran ensordecedores, a tal punto que se escuchaban por encima de nuestra música. Fue entonces cuando se me ocurrió empezar a tocar sobre el piano cualquier cosa. Distintas armonías y melodías que no pertenecían al concierto que estábamos interpretando, que era el concierto número dos de Chopin. Mis músicos, desesperados, hacían lo imposible por seguirme y lo único que lograban era empeorar aun más la música. Lo que emanaba del escenario era algo verdaderamente espantoso. Sin embargo, para nuestra sorpresa, la gente comenzó a despertarse. Uno a uno empezaron a incorporarse en…

De principios intachables

Me imagino que se habrá enterado cómo metió la pata mi hijo el otro día… ¿No? ¿En serio no sabe nada? Le cuento… Resulta que mi hijo estaba saliendo con la hija de Norma, ¿la conoce? No, esa no, la menor digo yo, la que se llama Josefina… Sí, ya sé, no ponga esa cara. Yo le dije: “¡Estás loco, es muy chica para vos!” Porque Martincito cumple treinta y dos este año y esta chica recién cumplió los veinte años. Le dije que tendría que conseguirse una chica de su edad para pensar en una familia, pero me después callé porque Martincito se enoja cuando le hago estos planteos y me deja hablando sola, como hacía su padre, que Dios lo tenga en la gloria, eso lo heredó de él. La cuestión es que fue esta chica, Josefina, la que lo buscó a mi Maritncito. Le mandaba mensajes casi todas las noches al celular, mire usted qué atrevimiento. Lo que pasa es que las chicas de ahora son así, cuando les gusta algún hombre van y lo buscan ellas,…

Señales

“Esperaba que llegaras, esperé toda mi vida, por alguien como vos”. Fue lo primero que te dije aquella tarde. Lo recuerdo perfectamente. ¿Cómo olvidarlo? Si fue la primera señal que me dio tu rostro como para percibir que había arrancado bien. Esa frase me daba la posibilidad de sentarme en tu mesa para intentar que entendieras que no era uno más entre tantos, de los que pretendían seducirte. Entonces, y para que corroboraras que no te habías equivocado al dejarme sentar en tu mesa, empecé a hablarte de la trova Rosarina. Tu cara de asombro no me sorprendió. Para ser sincero, no arranqué porque sí con ese tema. Vos acusaste el impacto, te gustó que empezara hablándote sobre tus músicos favoritos, y el hecho de que me dejaras contarte la historia de los músicos, no hizo más que confirmar mi sospecha de que yo te interesaba, dado que vos conocías mucho mejor que yo las andanzas de los rosarinos. Sin embargo te limitaste a escuchar y acotabas algo muy de vez en cuando. Pero reitero que no fue de casualidad…

La madre de mis hijos

La televisión me arruinó la vida. Así nomas te lo digo, como para que quede claro de entrada. Pero te voy a explicar por qué lo digo. Porque yo sé que hay muchos en la barra que se enojan cuando me las agarro con la televisión, pero cuando yo te cuente lo que me pasó, sé que me vas a entender, y no me vas a gastar como lo hacen los demás. Por eso te lo quiero contar a vos. ¿Te acordás que el otro día me preguntaste quién era Sofía, esa mujer con la que todos los muchachos de la mesa me cargan? Bueno, para que entiendas por qué odio tanto a la televisión, tengo que contarte mi historia con Sofía… Una tarde yo estaba tomando café en este mismo bar y en un momento escucho una puteada escandalosa. Me doy vuelta y veo a un tipo desencajado, gritándole al televisor. El tipo puteaba porque estaban pasando los goles que le habían hecho a Racing el fin de semana. Al principio, me dio gracia. Imagínate que para un bostero…

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